Don’t look back in anger

Don’t look back in anger

Estoy enojada.

Estoy enojada y un montón de palabras quieren salir como lanzas afiladas a la batalla. Por eso cuento hasta el infinito y trato de pensar en todas las cosas que podría hacer mal, para tratar de no hacerlas. Porque cuando gana el enojo, sólo hay sentimientos envenenados. Así que sólo voy a utilizar este sentimiento para que consuma cada célula dormida que tengo en el cuerpo, y me impulse a salir de la cama y escribir.

Hay algo que veo repetirse una y otra vez,  una especie de pandemia moral que ataca a una gran mayoría y le quita la capacidad de darse cuenta que las acciones tienen consecuencias.  Van ciegos por la vida, devorando las buenas intenciones de los demás, y dejando a su paso vacío y soledad. Son amos de los discursos culposos que te hacen estar una vez más; porque la esperanza del ingenuo es que algo distinto suceda esta vez. Las personas afectadas se vuelven exigentes y demandantes, dependientes de la atención de los demás, pero no dispuestos a ceder los mismos privilegios que tanto ansían. Nos volvemos un grupo que  pide y sólo pide, y un grupo que da y sólo da. Y los que quedamos del otro lado tenemos que ir sobreviviendo con lo poco que nos queda, arreglando los errores que los otros no pueden ver, alimentándonos de una  indiferencia que sólo es sustituída por otro pedido de ayuda, que jamás viene acompañado de un gracias o un por favor.

Uno a veces intenta justificar ciertos olvidos, faltas de interés o apariciones esporádicas que siempre vienen acopañadas de un pedido. Nos conformamos con las disculpas que suenan a silencio, porque hay que arreglar lo que ellos no pueden hacer, hay que traer entendimiento y claridad a la nueva calamidad que arremete contra su tranquilidad. ¿Pero hasta qué punto esto no ayuda a continuar apoyando una conducta que no construye sino que lastima? ¿Hasta qué punto bucar, entender, aceptar, no tiene el mismo efecto que el que se quiere sanar? Este virus que pasa de padres a hijos, de vecino a vecino, o de amigo a amigo, se va extendiendo hasta volverse normalidad. Y cuando hacemos el mínimo intento por acabarlo, nos encontramos frente a un enemigo que está tan extendido y aceptado, que gana la comodidad de lo conocido, y la esperanza de cambiar algo pasa a la siguiente generación.

Quizás estoy siendo demasiado generalista; tratando de no decir nada demasiado concreto que despierte el enojo que estoy intentando desvanecer. Voy rodeando el problema para que no sea sólo algo personal, sino algo que aporte algún significado para alguien más. Porque el punto no es el motivo de mi enojo, sino cómo  cada acción importa, por muy chiquita que parezca. Cada mensaje no respondido, cada promesa que se rompe, cada excusa que se pronuncia, cada después que le gana al ahora, cada comentario malicioso que se dice, cada vez que no estamos cuando alguien lo necesita, cada vez que elegimos la comodidad de la indiferencia por sobre la acción de lo correcto, cada vez que pausamos a nuestro antojo el tiempo de alguien más por el simple hecho de poder hacerlo, cada vez que le hacemos a otro lo que no nos gustaría que nos hagan a nosotros, cada vez que miramos para otro lado cuando la maldad se hace presente. Cada acción tiene una consecuencia que nos acerca o nos aleja de los demás.

Y la paciencia tiene un límite.

¿Cómo se hace para no perder la esperanza en un mundo mejor cuando cada día hay algo que no sale bien? ¿Cómo seguir confiando en las personas cuando estas no hacen más que decepcionarte? ¿Cómo ver el lado bueno de las cosas cuando te chocás continuamente contra una pared? ¿Cómo seguir tirando de la soga hacia adelante, cuando los demás sólo tiran para atrás? Hoy me prengunté todo esto, tratando de encontrar una respuesta que me haga sentir mejor, pero que al mismo tiempo me demuestre que no soy un ejemplo más de la indiferencia generalizada que garantiza el status quo.

No encontré una respuesta.

Porque cuando el enojo gana todo se vuelve negro. Cuando el enojo gana se construyen muros. Cuando el enojo gana todo lo que se hace, destruye y aleja. Por eso el enojo no trae respuestas.

Yo no quiero que el enojo gane.

Conté hasta el infinito, dejé que pasen las horas, pensé 100 veces las cosas antes de hacerlas. Porque no iba a dejar que cualquier sentimiento podrido guiara mis pasos. Y noté cómo toda la negatividad se iba con cada respiro que daba, cómo los pensamientos rencorosos se reemplazaban por unos más neutrales. Ojalá todos pudiéramos tomarnos el tiempo de pensar antes de actuar.  Ojalá pudiéramos entender que cada acción que hacemos tiene una consecuencia, y depende de nosotros si es buena o mala. Y cuando dije ojalá me acordé de algo que escribí hace 16 días, en uno de esos instantes en los que me viene una idea y tengo que ponerla en papel antes de que se desvanezca. No entendí en ese momento por qué lo escribía. Pero hoy es la respuesta que necesitaba.

 

 

Estuve a punto de no escribir sobre lo que me pasaba. Estuve a punto de encerrar todos los sentimientos muy adentro mío y dejar que me persigan en mis momentos más vulnerables, como estoy acostumbrada a hacer. Pero entendí que ese hábito sólo me aisla y les da vía libre a los demás para que sigan cometiendo los mismo errores. Quizás aún esté enojada, pero ya no construyo muros sino puentes. Para que cuando la calma llegue y esté lista para hablar las cosas, gane el amor y no el enojo.

S.

Don’t look back in anger… at least not today.