Lo irremediable

Lo irremediable

 

¿A qué le tenés miedo? – Me preguntó

-A lo irremediable. Porque de lo irremediable no se puede volver, no se puede arreglar, no se puede olvidar. No hay esperanzas que prometan un mañana mejor, ni develen una lección que teníamos que aprender. Lo irremediable te obliga a aceptar lo que es, lo que no se puede cambiar; y yo no soy buena en eso. Necesito la idea de que las cosas se transforman, que evolucionan. Necesito saber que el sol de mañana será más brillante, que la tormenta no es eterna, que el adiós no es para siempre. Necesito creer que no hay error que no pueda arreglarse. Porque soy imperfecta, todos lo somos, pero también somos aprendices de la vida. Y por lo tanto podemos mejorar. Por eso necesito creer en segundas oportunidades, en terceras, en infinitas posibilidades.

Porque si algo es irremediable se queda mal para siempre; la oscuridad planta bandera y se aferra a todo lo que encuentra. Y esa no es una idea feliz, y son las ideas felices las que nos mantienen vivos. ¿Cómo sobrevivir sin ideas felices, o recuerdos felices, o sueños felices? No, lo irremediable es un virus que distorsiona las cosas y borra las huellas que te llevan a casa. Lo irremediable se transforma en pesadillas que te persiguen mientras estás despierto, y te hablan por las noches, contándote una y otra vez eso que no fue y ya nunca será.

Lo irremediable se alimenta de ausencia y soledad; esconde las palabras y las sonrisas; borra caricias y miradas de entendimiento. El mundo se vuelve un lugar desolado, donde cada uno habla un idioma distinto, y no hay traducción posible. Lo irremediable nos envuelve en una noche oscura y sin estrellas, en donde la culpa nos guía por “quizás si” que perdimos en el camino. No hay más nada; ya nada es suficiente.

¿De qué tengo miedo?

De la despedida errada, del silencio eterno, del asunto pendiente que nunca descansará en paz.

 

S.