No encuentro las palabras

 

-¿Qué te pasa?

-No sé, no puedo explicarte lo que me pasa. No encuentro las palabras.

Se quedó en silencioso, pero sus ojos me gritaban.

Al parecer, lo que no encontraba eran las buenas palabras, esas que construyen, que hacen las cosas avanzar, las que anticipan abrazos y despejan chaparrones. No, las palabras que 5 segundos después encontró eran crueles, cargadas de rencores podridos; palabras que tenían por objetivo lastimar y crear caos. Es verdad que no sabía lo que le pasaba, pero aún así, había una ira fermentada que tenía escrita mi nombre.

Un golpe, dos, pierdo la cuenta. Las oraciones vueltas lanzas, que pasan cada vez más cerca de mi corazón. Un listado sin fin de errores, de debilidades, de todo aquello que me hace imperfecta y débil. ¡Wow! Sí que me conoce. Sabe a dónde apuntar, dónde va a causar más daño.

Mientras continúa hablando me toco instintivamente el pecho, necesito sentir mis ladidos, saber que mi corazón sigue ahí. Pero sólo siento el frío de la armadura que cubre mi pecho.Ya es demasiado tarde, no puedo detenerlo.

Mi cabeza está dividida, por un lado estoy contando hasta mil, repitiendo mantras desconocidos que me tranquilicen, apelando a cualquier sentimiento compartido que pueda aferrarme a la sensatez. Por otro lado, mi parte más oscura va precalentando, armando la estrategia para salir a la guerra. Puedo sentirla tejiendo argumentos para alzar las armas con eficacia, distorcionando los recuerdos para que todo encaje en la batalla que está a punto de iniciar. Me cuenta una historia, y yo me pierdo en sus imágenes.

Las palabras salen de mi boca sin mi concentimiento, no sé cuánto tiempo llevo hablando, cuánto dije antes de notar que el juego había empezado. Deduzco que sólo estamos en el comienzo. Aún no hay lágrimas en sus ojos, así que sea lo que sea que le haya dicho, aún no saqué mis mejores armas.

La adrenalina y el frío me cubren el cuerpo, y cada parte de mí está alerta. ¿Cómo no estarlo si, mi ahora contrincante, se yergue ante mí y me desafía a un segundo round? No siento los moretones, las cortadas, ni la sangre corriendo por mis heridas. Tampoco percibo las suyas. Sólo pienso en ganar, hacerle ver que no soy débil, que sus palabras no pueden destruirme.

El dolor hace intentos de colarse en mi cabeza, pero rápidamente lo apago. No puedo dejarlo entrar, sino todo esto perdería sentido. Necesito todas mis fuerzas y mi concentración para el punto final, la estocada perfecta que me coronará con la victoria. Sé cómo destuir todo lo que algún día construímos, conozco perfectamente cómo apagar su voz.

Puedo sentir las palabras cargadas de veneno correr por mi garganta, y salir veloces por mi boca. No puedo detenerlas, aún sabiendo el daño que causarán. No puedo detenerlas.

Y entonces veo arder el último lazo, esfumarse la última esperanza. No hay lágrimas, sólo vacío. No más risas, no más miradas cómplices, no más recuerdos ni sueños compartidos.

Gané, pero descubro tarde que ganar implicaba perder.

¿Qué hice? ¿Cómo pude llegar tan lejos?

La desesperación me quita el aire, y la angustia arrasa con todas mis corazas. 

¿Qué hice? ¿Cómo pude llegar tan lejos?

Intento acercarme, pero sus pies se alejan de mí decisivamente. Sus ojos continúan vacíos, ya no queda nada que ver.

Ahora siento todo; siento cómo mi corazón grita desbocado, cómo el dolor me agrieta la piel. Siento su ausencia aún antes de que suceda, y el miedo desgarrador que va creciendo en mi interior.

Perdí, y no quiero perder. Daría todo por no perder lo que teníamos, lo que tenemos.

Todo esto me cuenta esa parte de mi cabeza que está cargada de bronca y de palabras no expresadas, de heridas pasadas que nunca cicatrizaron, y errores que no fueron perdonados. Esa parte de mí que está a la espera de conflictos para tomar el control, si lo permito.

¿Cuánto tiempo hace que estoy imaginando esto? ¿Cuántas de sus palabras se asemejan a esa versión bélica, y cuáles son más suaves de lo que yo me permití escuchar? ¿Qué tan rápido puede salir lo peor de mí? ¿Qué tan fuerte es la oscuridad que me acompaña?

De repente siento pánico, no del daño que puedan causarme sus palabras, sino del que yo pueda causarle con las mías.

Entonces desconecto mi cerebro y me vuelvo pura acción. Corro a su lado y rodeo su cuerpo con mis brazos. Su discurso se apaga poco a poco, y sus latidos se armonizan con los míos. El amor todavía está ahí, se que está ahí.

-Te quiero, y sea lo que sea, vamos a poder arreglarlo.

Ahora son sus brazos los que se mueven y me aprietan con fuerza.

Y por fin lo siento, gané, ganamos.

 

 

S.