Capítulo 10 – No soy una princesa

 

Despues de llorar tanto como para llenar un río, y de ver cuanta película melodramática pasaran por la tele, decidí que era hora de salir de mi patetíco estado y volver al mundo.

Durante los últimos dos días había estado encerrada en mi habitación, buscandole un sentido a lo que había pasado, y reagrupando mis fuerzas para volver a ser la misma de siempre. Había conseguido convencer a mi mamá de faltar al colegio, había dejado morir la batería de mi celular para no tener contacto con el mundo exterior y había pasado el suficiente tiempo en silencio para reacomodar mis ideas. Pero lamentablemente mi exilio autoimpuesto llegaba a su fin, y yo aún estaba lejos de estar preparada para volver al colegio y ver a todos de nuevo,

El jueves, parada frente a la puerta del colegio, intentaba darme ánimos para entrar. Pero mis pies parecían no querer responder a mis débiles intenciones de avanzar. Por suerte para mí, Vicky llegó al rescate,  y sin decir una sóla palabra, me agarró de la mano y juntas fuimos hasta el aula.

No soy una princesa - HCS

Por más que estaba segura de que pocos conocían mi historia con Arthur, y lo que había pasado con el grupito del sí fácil, sentía miles de miradas a mi alrededor buscando conocer un poquito más de verdad, queriendo ser los primeros en agrandar con algún detalle jugoso el rumor invisible que me rodeaba. Incluso Vicky, a pesar de su respetuoso silencio, tenía una mirada inquisidora que seguía cada uno de mis movimientos.

Lo que nadie sabía era que yo jamás representaría el papel de víctima, de doncella en apuros, de princesa con el corazón roto. Si había algo más alto que mis muros, eso era mi orgullo. Mostrar cualquier emoción para mí era señal de debilidad. Y ser débil te hacía vulnerable y propensa a cometer errores. Yo no quería cometer errores.

Así que cuando no aguanté más que Vicky me tratara como una figura de cristal a punto de romperse, le dije en un susurro cargado de advertencia:

-Si me seguís mirando con cara de lástima, te juro que de acá a la eternidad dejo de ayudarte en las pruebas de matemática. Y lo digo en serio.

Continuó indiferente a mi brusco comentario.

-¿Estás bien?

-Confié demasiado rápido en la persona equivocada. Aprendí la lección. Para mí, es asunto terminado.

Lo dije tratando de convencerla y de convencerme, pero aún así no podía mirarla.

-¿Qué vas a hacer con Arthur? Digo, en algún momento va a venir a buscarte.

Una mínima parte de mí aún lo esperaba, aún tenía la esperanza de que todo haya sido un error y Arthur viniera a aclararlo todo. Pero sabía que no era así. Por lo cual, apagué la esperanza que quedaba.

-No creo que venga a buscarme. Él y yo no éramos nada, así que no hay nada que explicar.

-Estos días que faltaste no dejó de preguntar por vos…

Vicky hablaba con cuidado, con miedo de decir demasiado, o demasiado poco.

-Obvio que yo no dije nada. Soy tu amiga y estoy de tu lado.

-Ya te lo dije, no hay nada que hablar.

Se acomodó nerviosa en su asiento y dió por terminada la conversación. Yo sabía que mi respuesta no la conformaba, pero era lo único que podía darle en ese momento.

Conseguí escaparme  a mi escondite en el techo  sin ser vista y pasé el primer recreo ahí. Pero no tuve la misma suerte en el segundo.  A penas tocó el timbre, salí y vi que había alguien esperándome en la puerta del aula. Al verlo, todas mis defensas se levantaron y mi cuerpo se puso en estado de alerta. Tenía que decidir si salir corriendo o enfrentarlo.

Había ensayado esa conversación que estaba a punto de tener un millón de veces en mi cabeza durante los últimos días. Sabía qué tenía que decir, cómo tenía que actuar y cómo hacer que ninguna emoción me dominara y me sacara de ese guión.

-Hola S.

Su voz era temblorosa y a penas podía sostenerme la mirada. Los signos de la culpa opacaban su cara.

-Hola Arthur.

Dije inexpresivamente mientras lo miraba fijo, en silencio.

Los segundos pasaban lentos. Pesaban en el aire que nos envolvía.

El silencio puede ser muy incómodo para las personas. No saben qué hacer con él, necesitan llenarlo desesperadamente, y ante esa necesidad impulsiva desaparecen todos los filtros y la verdad brota desaforada. Yo había pasado suficiente tiempo en silencio y había aprendido a valorar su poder. Ahora manejaba su arte casi a la perfección.

-Quiero explicarte lo que pasó el otro día…

Se cayó unos segundos, dándome la oportunidad de decir algo que lo ayudara a descifrar cómo estaba, de hacerle el camino más fácil. Pero yo ya había decidido mi estrategia, y no iba a darle ninguna pista sobre cómo me había afectado lo que había hecho.

-No sé a qué te referís.

Arthur abrió muy grande los ojos, incrédulo, y sin comprender mi actitud.

-Hablo de lo que pasó el otro día en la casa de Jazmín… Yo no quería… Es decir, sería idiota decirte que me obligaron o algo así… Pero, ¿Viste cuando no querés hacer algo pero lo hacés igual y no sabés por qué?… Estaban los chicos y todos querían que lo haga… Yo tendría que haber dicho que no… Vos tampoco me dejás muy en claro lo que te pasa conmigo… Y yo no sé… Se que estuve mal…

-Está todo bien.

Lo corté de golpe. No quería escuchar nada más. Con todas mis fuerzas simulé una sonrisa.

-¿Está todo bien? ¿De verdad?

Su sorpresa era indisimulable, y un aire de alivio comenzaba a dibujarle una sonrisa.

En esos días que había estado encerrada en mi habitación pensando, había decidido que no iba a enojarme. O mejor dicho, no iba a demostrar mi enojo. Porque si lo hacía, eso significaría que me importaba Arthur, que algo sentía por él. En cambio, si me mostraba indiferente y cortaba de raíz cualquier ilusión de estar juntos, todo se olvidaría en el transcurso de unos días. Yo podría volver a mi mundo tranquilo y seguro, y el podría jugar al rompe corazones con quien quisiera, menos conmigo.

Me acerqué despacio y lo abracé tan sólo un segundo mientras le decía al oído:

-Está todo bien. Te deseo lo mejor con Jazmín.

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Tan sólo un segundo me bastó para darme cuenta lo mucho que me costaba decirle adiós a Arthur. Había subestimado lo que sentía por él. No iba a ser tan fácil olvidarme de lo bueno y de lo malo. Tenía una mezcla de tristeza y bronca dentro mío, pero nada de eso salió a la superficie. Incluso cuando me alejé de él, que estaba inmóvil y desconcertado, y caminé en dirección contraria por el pasillo con unas ganas terribles de volver y abrazarlo otra vez. El plan había salido a la perfección y sin embargo tenía una sensación horrible de angustia en el pecho.

Arthur había sido la prueba más difícil de superar, lo sabía. Si podía fingir que estaba todo bien frente a él, con los demás sería mucho más sencillo. Al terminar las clases, nos encontramos con los chicos a la salida y pude jugar mi papel de nuevo. Hubo risas, chistes, historias; todo había vuelto a la normalidad. Yo me esforzaba por que no hubiera ningún momento de incomodidad, y me mantenía lo más alejada posible de Arthur. Aunque él me facilitaba las cosas, porque después de un intento fallido por hablarme otra vez en el que yo logré escaparme poniéndome a hablar con Marcos, se puso a leer un libro en un rincón y no le prestó más atención al grupo. Estaba totalmente compenetrado en “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, el libro que yo le había recomendado. Había creído que él era mi Mr. Darcy, pero terminó siendo un impostor como Mr Wickham. ¿Cómo había sido tan idiota de no ver la realidad? ¿Cómo había podido creer que los cuentos de hadas pueden volverse realidad? Las lágrimas amagaron a aparecer de nuevo, pero rápidamente las ahuyenté

-Dejala ir.

-¿Qué?

La voz de Matt me sacó de mis pensamientos.

-La tristeza que tenés escondida. Si no la dejás ir no vas a poder seguir adelante.

-Yo tengo ninguna tristeza escondida

Intenté que mi voz sonara lo más segura y despreocupada posible.

-Ok. Cuando tengas ganas de asumir lo que te pasa y necesites un abrazo, ya sabés dónde encontrarme princesa.

Su sonrisa no escondía ninguna doble intención. Estaba llena de comprensión.

Pero yo no estaba lista para aceptar su oferta. Al fin y al cabo, él también jugaba al caballero andante conmigo (y con otras), y la línea que separaba la amistad de algo más siempre estaba borrosa bajo sus pies.

-No soy una princesa. Soy una persona real de carne y hueso. Las princesas no existen.

Sus ojos verdes se oscurecieron y su boca hizo una mueca de desaprobación.

Podría haberme quedado ahí, fingiendo que nada me afectaba, pero él tenía razón. La tristeza no me dejaba seguir. Así que mientras todos continuaban con sus conversaciones, me escabullí sigilosamente. Necesitaba alejarme y recuperar fuerzas para la próxima batalla.

S.

 

 

–> Capítulo 9 – La razón