Capítulo 4 – Un gesto de amistad

Capítulo 4 – Un gesto de amistad

 

El lunes llegó más rápido de lo que hubiera querido. La confianza inicial que tenía unos días atrás se había transformado en miedo. Sentía un millón de cosas distintas, buenas y otras no tanto. Por primera vez en mucho tiempo, la armadura que me había colocado para ser fuerte no estaba funcionando. Me sentía vulnerable y no me gustaba. Era como si mis sentimientos estuvieran al desnudo, escritos en mi frente y todos pudieran verlos; todos menos yo.

Every little glance my way
Every time you wanted to hang
You seemed so interested
Could you tell me, was it real or was it all in my head?
Was it real or was it all in my head?

She’s so pretty, you two look so great
Time for me to move on now
It was probably just a silly crush anyway
But I just cant help but think
that we, we could’ve had something
Have I really been blind to reality baby tell me

Cantaba Tori Kelly desde mi reproductor y sentía que sus palabras eran las mías, las que no podía pronunciar.

La música sólo se interrumpía por los avisos del chat de Vicky. Me había mandado mensajes todo el fin de semana. Al parecer las cosas con Marcos cada vez eran más concretas, y yo no dudaba que comenzarían a salir dentro de poco. Lo que hacía mi situación un poco complicada, ya que a Vicky se le había metido en la cabeza que sería genial si tuvieramos una cita doble, Marcos, ella, Arthur y yo.

Aún no había podido contarle de mi cita frustrada. *¿Había sido una cita?* Creía que si no lo hacía podía fingir que jamás había sucedido. Tampoco le había contado sobre mi encuentro con Matt, o con el grupo del sí fácil.

Hubiera dado todo por poder quedarme en casa ese lunes. Pero ahí estaba, parada frente a la entrada principal del colegio sin siquiera poder moverme. Después de varios minutos junté coraje y entré, al fin y al cabo hasta el primer recreo no tendría noticias de los chicos del otro curso.

Ese fue mi primer error. A penas dí dos pasos cuando me encontré de frente con Matt, que estaba como hipnotizado mirando los árboles del jardín.

-Hola princesa. Que temprano llegas. – No se volteó a verme. Seguía tildado pensando vaya a saber qué cosa.

El corazón me empezó a latir con fuerza. *¿Qué te pasa S? Calmáte.*

El que llega temrpano sos vos.  Vos empezás más tarde, este es mi horario.

-“Mi horario”. -Repitió divertido y sus hoyuelos aparecieron de nuevo como el día en que lo conocí. – Me parece que alguien no sabe compartir.

-Puede ser. Hay cosas que no me gusta compartir.

*¿Por qué acababa de decir eso? Cerrá la boca S. Estás quedando como una completa idiota.* 

-Jajajaja. Sos mala, princesa.

-No soy mala, soy sincera.

-Bueno, entonces me gusta tu sinceridad.

Necesitaba terminar esa converación. No tenía en claro hacia dónde estábamos yendo.

-Gracias. Y ahora me voy porque sino voy a llegar tarde. No me extrañes mucho. – Dije tratando de sonar graciosa, y por primera vez ese día, Matt me miró a los ojos.

-Sabés que lo voy a hacer. Pero creo poder aguantarme hasta el primero recreo.

No dije nada más. Me fui con una sonrisa que era imborrable.

Esa conversación me había dejado una sensación extraña. Parecía que estábamos histeriqueando, pero al mismo tiempo sentía como si sólo estuviera jugando con una amigo que conozcía de toda la vida. Era confuso, la diferencia entre ambas parecía estar sobre una línea muy delgada.

Con esos pensamientos llegué hasta el aula, pero tuve que frenarlos al instante de entrar, porque Vicky saltó sobre mí y se puso a hablar sin parar sobre los cientos de mensajes que se habia escrito con Marcos en los últimos días. La observaba mientras me contaba, por décima vez, lo tierno que era su crush, su futuro novio, el amor de su vida según ella, y sentí una gran alegría de ver cómo ambos tenían las cosas tan claras. Todavía no se habían confesado que se gustaban, pero eso no era realmente importante. Los dos lo sabían, y estaban seguros que terminarían estando juntos tarde o temprano. Me hubiera gustado poder sentir algo así. Pero desde hace tiempo me había desconectado tanto de mis sentimientos, que ahora me resultaba practicamente imposible entenderlos. Mi coraza servía para defenderme de los peligros de afuera, pero al mismo tiempo me había dejado encerrada dentro. Vicky sólo se calló cuando llegó el profesor, y fue justo cuando había empezado a preguntarme por mi cita con Arthur. Había ganado algunas horas más para decidir cómo contarle todo lo que había pasado.

Las dos horas de matemática (sí, dos horas, un lunes y en las primeras horas: el horror) se habían vuelto particularmente inentendibles. Quizás porque mi cabeza no estaba precisamente en el aula como para poder concentrarme. Después de mucho analizarlo había decidido que lo mejor sería buscar a Arthur y aclarar las cosas. No quería que nuestra amistad, o futura amistad, se viera afectada por los comentarios venenosos del grupo del sí fácil.

Estaba reforzando esa decisión, cuando una voz aguda y chillona me hizo prestar atención a una conversación que muy casualmente sucedía a pocos metros de donde estaba, pero del otro lado de la ventana.

-Jaz, es obvio que Arthur se muere por vos y no tiene ojos para nadie más. ¿No viste la forma en que te mira? Amor amor amor derrocha por todos lados.

Solange hablaba en un tono mucho más alto de lo normal, y estaba 100% segura que sus palabras no estaban destinadas a Jazmín sino a mí. ¿Por qué esta chica me odiaba tanto?

-A parte, sentite afortunada de tener a alguien tan lindo que te preste atención y te invite a tomar un helado. Hay chicas que no tienen esa suerte, y se vuelven tan desesperadas que son capaces de cruzar una calle con los autos pasando con tal de que algún chico las mire. ¿Qué patéticas que son no?

Su risa final fue la gota que revalsó el vaso. Me levanté con una ira que controlaba cada uno de mis músculos, y fue con esa fuerza infrenable que cerré la ventana de un golpe seco y ruidoso. No estaba pensando, definitivamente no lo hacía. Si lo hubiera pensado jamás hubiera hecho eso, porque sabía que traería consecuencias. Ahí estaba mi segundo error.

Respiré profundo y traté de poner mi mejor cara de inocente cuando dije…

-Perdón profesor. Es que el ruido molestísimo de afuera no me dejaba concentrar en la importante lección que estaba explicando.

Lo había exagerado, demasiado, la cara de mi profesor me lo gritaba aunque él se mantuviera en silencio.

-Veo que está bastante distraída el día de hoy señorita Bernal. Y no sólo eso, sino que además está distrayendo a toda la clase. Ya que no puede quedarse quieta y prestar atención, la voy a mandar a sacar las fotocopias de la tarea de hoy – hizo una pausa y me dirigió una mirada de satisfacción – para toda la clase.

-¡¿QUÉ?! Pero somos como 30. Voy a tardar horas en terminar y…

Me callé. Pude ver en su rostro que si no lo hacía, el castigo por mi arrebato iba a ser mucho peor. Me acerqué en silencio hasta su escritorio, tomé los papeles y me dirigí resignada hasta la sala de fotocopias que quedaba en el edificio de al lado.

Mientras caminaba lentamente hacía lo que creía mi tortura, hablaba conmigo misma tratando de entender por qué mis acciones últimamente se habían vuelto tan impulsivas.

Yo no era así. Jamás lo había sido. Siempre pensaba 100 veces antes de decir algo o hacer algo. Sin embargo ahí estaba ahora, huyendo y golpeando cosas cuando había algo que no me gustaba.

Estaba diciéndome eso en voz alta cuando escuché una risa detrás de mí. Sentí un susurro en mi oído izquierdo al mismo tiempo que un par de manos me tomaban por la cintura.

-Si me jurás que no sos peligrosa, prometo no decirle a nadie que estás completamente loca.

Me dí vuelta con aire de superada y respondí.

-Si me jurás que sos bueno guardando secretos, te prometo no decirle a nadie que sos un chismoso que escucha conversaciones ajenas.

Matt soltó una carcajada mientras todavía me tenía agarrada de la cintura.

-Además, ¿No sabés que la gente que es muy inteligente tiene conversaciones consigo misma todo el tiempo? No es una cuestión de locura. Que feo que tu primera conclusión sobre mí sea que estoy loca.

Me crucé de  brazos y me hice la ofendida, pero Matt puso cara de loco y me empezó a hacer cosquillas.

-¡Basta! ¡Basta que me vas a hacer tirar todos los papeles! – Le supliqué entre risas pero parecía no escucharme.

-¡Basta! Porque si no…

-¿Por que si no qué?

Se detuvo y se acercó hacia mí; tanto que podía escuchar cómo latía su corazón.

-No sé, es lunes, es muy temprano todavía, no me hagas pensar.

Mi respuesta pareció serle suficiente y se alejó unos centímetros. Yo respiré aliviada, su cercanía me había puesto nerviosa.

-¿Qué hacés fuera del aula a esta hora?

-Digamos que me castigaron un poco y ahora tengo que sacar fotocopias hasta que me vuelva vieja y me salgan canas.

-¿Te castigaron? ¿A vos? Mirá, no creía que eras de las que se metían en problemas, princesa.

Cada vez que me llamaba princesa sentía un cosquilleo en el cuerpo.

-No fue mi culpa. Unas chicas idiotas que no paran de molestarme se pusieron a decir idioteces en la ventana de mi aula, y digamos que yo la cerré un poquito… muy fuerte. Pero te juro que no las aguantaba más, son insoportables y sus voces chillonas mucho más.

-¿Idiotas con voces chillonas y que encima hacen que te castiguen? Definitivamente esas chicas no me caen bien; no si molestan a mi amiga.

-¿Y yo soy tu amiga?

-¿Vos querés ser mi amiga?

Me preguntó y volvió a acercarse unos centímetros.

-¿Vos querés que sea tu amiga?

Y me alejé un poco.

-Por supuesto. Y para que veas que soy un buen amigo te voy a ayudar a sacar esas fotocopias.

-¿Estás loco? Es tu hora libre. Seguro tenés algo más divertido que hacer que sacar fotocopias.

-¿Acaso no ves la sonrisa gigante que tengo ahora? No hay nada más divertido que pasar mi hora libre con vos.

No esperó una respuesta. Me agarró de la mano y fuimos caminando juntos hasta la fotocopiadora. Sentí cómo su mano encajaba perfectamente con la mía, como si me compartiera su confianza y me sentí segura, no puedo explicar por qué pero lo sentí. Y por más que desde afuera quizás pareciera algo distinto, yo no tomé ese gesto como algo romántico. Sino como un gesto de amistad, el primero de nuestra relación y seguramente no sería el último.

Nos pasamos toda una hora sacando fotocopias y hablando sin parar. Era increíble la cantidad de cosas que teníamos en común. A cada coincidencia abríamos mucho los ojos y nos mirábamos sorprendidos como si no pudiéramos creer que fueramos tan parecidos. Me sentía bien en su compañia. Me transmitía confianza, como si pudiera contarle todo.

Cuando terminamos, salimos de la sala riéndonos de un mal chiste que Matt acababa de contar. Podía tener muchas cualidades, pero definitivamente contar chistes no era su fuerte.

Exactamente eso le estaba diciendo cuando me frené de golpe.

-Hola S. ¿Podemos hablar?

Arthur miró de reojo a Matt, y puedo asegurar que no fue de buena manera.

Yo me quedé muda. Por la última hora me había olvidado que tenía que arreglar las cosas con él, me había encontrado desprevenida y ahora tenía que enfrentarme a esa conversación.

S.

 

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