Capítulo 2 – El libro

 

Nos volvimos inseparables. Los chicos iban cada día más temprano al colegio para vernos, y nosotras nos quedábamos lo más tarde que podíamos para estar con ellos. Nunca nos quedábamos sin tema de conversación. Estábamos conociéndonos, y cada uno buscaba mostrar su mejor parte, lo que lo hacía “único”. Todos menos yo.

Sentía que estaba viendo cómo se vendían descaradamente. Todos sonreían, incluso cuando no querían hacerlo. Había muchos chistes malos, muchos, y aún así se reían como si estuvieran en una publicidad.

Por suerte tenía mi propio mundo interior, al cual podía escaparme cuantas veces quisiera. Y no porque considerara que los chicos eran malas personas. Sólo que ya me había decepcionado de mucha gente antes, y ahora era un poco reacia a hacer amistad tan fácilmente con cualquiera. Por eso odiaba eso de tener que pretender ser alguien que no sos, aunque sabía que en este caso nadie lo hacía con mala intención; sólo querían agradarse unos a otros. Pero aún así, por momentos se me hacía insoportable de contemplar. Así que cuando la situación se volvía demasiado ridícula, decidía alejarme de ese espectáculo. Siempre tenía algún buen libro en mi mochila y me perdía en mis propios pensamientos. Nadie parecía notarlo, nadie excepto Arthur.

Una tarde estábamos en la esquina del colegio, nuestro lugar preferido después de clases, en donde todos los días nos juntábamos a charlar, y algo se salió de la rutina. Me senté un poco apartada de todos, y me puse a leer uno de mis libros preferidos, El caballero de la armadura oxidada. Lo había leído mil veces, y cada vez que lo hacía de nuevo me gustaba más.

– “Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar tendrás menos decepciones”

Sentí cómo mi respiración se detenía. No podía apartar los ojos del libro, y aún así, sabía que tenía la mirada de Arthur clavada en mi rostro.

– ¿Leíste el libro? – Dije tratando de sonar tranquila y sin siquiera mirarlo.

-Es uno de mis preferidos. – Se acomodó a mi lado, cerca, muy cerca.

-No creí que fueras de los chicos que leen. Creí que lo único que les interesaba era pasarse la pelota unos a otros.

Sentía que mi corazón cada vez latía con más fuerza. Nunca nadie me había prestado ese tipo de atención, y me ponía nerviosa sentir su brazo pegado al mío. Definitivamente no estaba acostumbrada a ser tan visible para alguien.

-¿Y qué otras creencias tenés sobre mi? – Sonaba alegre, como si le hiciera gracia la idea de que tuviera un concepto completamente armado sobre él.

– Bueno… – Me dí vuelta y por primera vez  lo miré a los ojos – Creo que te gusta llamar la atención, como a todos los de tu grupo. Creo que te gusta el deporte, porque siempre te veo con una pelota en la mano y corriendo para todos lados. Creo que te gustan las chicas con el sí fácil, porque no parás de nombrar a tus amiguitas del otro curso – Deseé no haber dicho la palabra amiguitas así, mi voz se tornó distinta con esa palabra y él lo notó.

-Wow. No creí que tenías tantos pensamientos sobre mí- Soltó una risita y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Yo sentí como si el fuego me invadiera el cuerpo. El fuego de la vergüenza, del “trágame tierra por favor”. Tomé unos segundos para calmarme. Quería sonar lo más tranquila posible para revertir esa situación. Sentía que estaba en medio de una batalla e iba perdiendo.

-No tengo pensamientos sobre vos. Simplemente soy muy buena observadora.

Me dí vuelta y volví a concentrarme en mi libro. Él no dejaba de mirarme.

-¿Qué pasa? – Dije tratando de sonar cortante.

-Nada, es que me acabás de decir todo lo que pensás de mí, pero no me diste la oportunidad de decirte qué pienso yo de vos.

-¿Y qué exactamente pensás de mi?

El corazón me iba a mil. ¿Por qué me ponía tan nerviosa esa conversación?

Arthur me miraba directo a los ojos y tenía una pequeña sonrisa, como si estuviera saboreando las palabras que estaba por pronunciar.

-Te lo voy a decir, pero no ahora. – Dijo lentamente

-¿Qué? – Dije sobresaltada. Si hay algo que detesto es que me dejen con la intriga.

-Eso. Te lo voy a decir, pero no ahora. No acá.

-¿Y entonces cuándo? – Quería sonar despreocupada, como si no me interesara demasiado lo que él pensaba de mí, pero dudo que lo pudiera estar consiguiendo.

-El sábado, cuando vayamos a tomar un helado.

-¿Y qué te hace pensar que voy a ir a tomar un helado con vos?

-Nada. Pero dudo que quieras quedarte con la intriga. Si hay algo que tiene un buen lector es que nunca deja un libro sin terminar. Y por las cosas que te vi leyendo en los últimos días diría que sos muy buena… -De nuevo se detuvo saboreando las palabras – lectora.

Me quedé sin palabras. Y él se levantó y se alejó de nuevo hacia el grupo, dejándome sóla en silencio.

¿Lo que había estado leyendo en los últimos días? Eso quería decir que me había estado observando, pero ¿por qué? Es decir, yo lo había estado observando, siempre estaba rodeado por alguna de las chicas del grupo del “sí fácil”, de esas que son más rápidas que un Ferrari. Pero, ¿Por qué me había estado observando él a mí?

Intenté concentrarme de nuevo en el libro pero me era imposible. Tenía mil pensamientos corriendo por mi cabeza. Por momentos miraba a Arthur de reojo, y cuando él me devolvía la mirada yo volvía al libro.

Fue en una de esas veces que mis ojos se posaron en una párrafo especial:

-Estás diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? – Preguntó el caballero.

-¿Acaso no es así? – replicó Merlín, levantando una ceja divertido.

-¿Esperáis que acepte toda esta pesada armadura?

-Ah – dijo Merlín – no naciste con esa armadura. Os la pusiste vos mismo. ¿Os habéis preguntado por qué?

Y al leerlo sentí mi mundo temblar.

¿Acaso mi armadura se había empezado a romper?

S.

El libro - HCS

 

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